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viernes, 9 de mayo de 2008

Vida


La mañana era fría y gris. Las calles de Challenge estaban vacías. Quizás vacías no era la palabra adecuada. Muertas. Silenciosas.

La suciedad recorría las aceras impulsada por el suave viento matutino. Blanca se arrebujó dentro de su chaqueta de lana, deseando haber cogido algo más abrigado. Pero simplemente no lo había pensado al salir de casa aquella mañana.

Y la falta de gente por las calles hacía incluso más frío el ambiente.

Challenge no siempre había sido así. Hubo un tiempo en el que la pequeña ciudad era un centro rebosante de vida y alegría. La gente se apelotonaba en las plazas y en los cafés, charlando con sus amistades, o simplemente disfrutando de los rayos de sol matutinos que parecían caldear el ambiente.

Un día empezó a desaparecer gente. Al principio, sólo eran vagabundos y algunos drogadictos, esos a los que el padre de Blanca llamaba ganado. Claro está, nadie se preocupó por que una buena cantidad de esa chusma que infectaba las calles de la ciudad desapareciese.

Algún buen ciudadano “- pensaban algunos.
Qué alivio, ya no tendré que preocuparme al pasar por aquel callejón”- pensaba la señora Ratchett mientras daba su acostumbrado paseo matinal.

Por aquel entonces, Blanca había conocido a Dray. Un encuentro casual en un concierto. Bailes, gritos y cuerpos sudorosos pegados unos a los otros. Suficiente para sexo de una noche. Solo que por alguna extraña razón, Blanca no parecía tener suficiente con una noche. Aquel tipo la atraía más que el Beatha, la droga más de moda de la ciudad. La primera noche dio paso a otra, y esa a otra más. Cada anochecer salía de su casa y sin apenas darse cuenta, cogía directa el camino hacia la guarida de Dray. Otra noche de sexo salvaje.

Su padre puso el grito en el cielo cuando apareció con la primera perforación en su bonita cara. A ella no le había parecido “tan “ repugnante, y a Dray le encantaba que ella...bueno...que ella la usara. Aquel día cerró la puerta de su habitación con una fuerza excesiva, harta de oír los gritos de su padre.

- ...te parecerá bonito! La hija del alcalde con semejante mierda en la cara....vete a saber con quien andas....-

Poco después empezaron a desaparecer los primeros niños. En un momento dado, estaban en el parque, y al minuto siguiente, ¡zas! Habían desaparecido de sus niñeras, sobre las cuales obviamente había recaído la culpa. Ya sabes, no se puede confiar en esas extranjeras...

Todo aquel asunto había empezado a preocupar a la población de Challenge. Se movilizó a la policía para intentar encontrar a los niños.

Algún desgraciado pervertido” – pensaban algunos.
Pobre mujer...ha perdido a sus dos chicos “- pensaba la señora Ratchett mirando a su joven vecina, que lloraba desconsolada mientras estrujaba de manera compulsiva el conejo de peluche de su pequeño Tim. Se quedó mirándola un rato hasta que vio a su marido salir al jardín, ofreciéndole una pastilla a la mujer. Esta la tomó, y al cabo de unos minutos, la mujer reía, dejando tirado el conejo en el jardín.

Una semana después, el conejo seguía en el jardín, ahora cubierto de suciedad. De vez en cuando era barrido suavemente por las hojas y la suciedad ocasional que barría el patio, otrora tan limpio y cuidado. El juguete llamó la atención de Blanca, que se dirigía hacia sus clases. Bueno, eso era lo que le había dicho a su padre. La verdad es que hacía meses que no iba a la universidad.

Todo su mundo se concentraba ahora en Dray. En el momento en el que entraba por la puerta de su casa y tomaba la primera pastilla, todo quedaba olvidado y atrás. Se sentía invadida por la lujuria y desbordada por una sensación inquietante, que solo podía definir como “ vida”. Se sentía más viva que nunca.

Blanca se agachó y tomó el maltratado peluche entre sus manos, acariciándolo suavemente. Un golpe la sacó de su trance. Las contraventanas de la casa de la señora Ratchett golpeaban repetidamente contra la pared de la casa. De repente, algo vino a la cabeza de la chica. Hacía varios días que no veía a la mujer. Sentía un vago recuerdo nebuloso de haber visto a la anciana sacando la basura, pero nada más.

Pensó en picar a la puerta, pero se encogió de hombros y siguió caminando hacia la casa de Dray.

Seguramente alguno de sus hijos se la habrá llevado con él. Pobre mujer, ya era demasiado anciana para estar sola”- pensó Blanca, aunque desechó rápidamente el pensamiento. En realidad solo tenía en mente lo que le iba a hacer al cuerpo de Dray en cuanto entrara en su casa. No se dio cuenta de que en la plaza del pueblo ya no había ningún anciano tomando el sol.

Tampoco notó que ningún niño corría ya por el parque, perseguido por su niñera ocasional. De hecho, tan solo algunos adultos taciturnos pasaban por las calles. Ocasionalmente cruzaban sus miradas cuando algún extraño pasaba frente a ellos. Si esto pasaba, sus ojos conectaban por un momento con el de su convecino, como si de alguna manera se estuviese produciendo el intercambio de información corriente de cualquier mañana en Challenge.

Hola, que tal
Hola
Hace un buen día, hoy
Mucha gente por la calle, si

Si, las miradas de los adultos se cruzaban como si aquel día fuese uno más de sus vidas. Pero lo cierto es que en sus miradas no había más que vacío. Nada de buenos días. Nada de preocupación por la otra persona. Nada. Tan solo ese vacío inquietante en las miradas de ojos vidriosos.

Una veintena escasa de personas se movía inquieta en la sala de plenos. El padre de Blanca entró y se sentó en el estrado, para llevar a cabo la reunión mensual. Al pasear su mirada por la sala, notó la falta de gente.

No le dio la menor importancia al asunto.

Fijó su mirada, vacía de contenido, en el rostro de uno de los ciudadanos. Habló. Soltó su discurso, escrito previamente.

... la desaparición de personas está siendo investigada por las autoridades locales. Por esto mismo, pedimos que no se inquieten...

El mismo discurso de la semana anterior.

Bajó del estrado. Los ciudadanos ni siquiera hicieron un comentario. El único sonido que se escuchó en la sala fue el resonar de los pasos, arrastrados, de la veintena de personas saliendo de la sala.

El padre de Blanca se cruzó con esta mientras volvía a casa. Sus miradas se cruzaron. Ninguno de ellos se reconoció. El hombre continuó sus pasos hacia su casa. Blanca siguió caminando por la acera.

Blanca levantó la mirada hacia el cielo. La mañana era fría y gris. No notó el silencio de las calles. Tampoco la falta de gente por estas. Se arrebujó dentro de su chaqueta de lana, deseando haber cogido algo más abrigado. Pero simplemente no lo había pensado al salir de casa aquella mañana.

Lo único que sentía era una terrible apatía. Necesitaba otra pastilla. Por eso iba hacía casa de Dray. Su novio siempre tenía algo de Beatha en su casa.

Movió nerviosamente las llaves en su mano, mientras subía las escaleras. Abrió la puerta, y la cerró tras de si con un tremendo estruendo. Avanzó por el oscuro pasillo, yendo hacía el salón.

Cuando llegó, se quitó la chaqueta de lana, se sentó en el desvencijado sofá, y tomando el bote de encima de la mesa auxiliar, sacó dos pastillas.

Se las tomó a palo seco, notando como bajaban por su garganta. Cerró los ojos, esperando el subidón que sabía que vendría.

La casa estaba silenciosa.

Todo estaba oscuro. Blanca abrió los ojos, angustiada por un sentimiento que no conseguía comprender. Tenía un tremendo dolor de cabeza, y la sensación de no poder mover ni un solo músculo de su cuerpo.

Sentía la boca pastosa. Eso era extraño. Normalmente el Beatha no le daba esa sensación. Ahora que lo pensaba...ni siquiera sentía ese tirón atronador de vida que la droga le daba. Era más como...como...si la hubiesen sedado.

Una luz verdosa se encendió en un extremo del salón. Blanca giró sus ojos hacía dicha luz, en la cual se recortaba una silueta masculina. La figura se acercó lentamente hacia Blanca.

- ¿Dray?

- Hola nena...

- Uhm, creo que he tenido un mal viaje, no me puedo mover.

La figura masculina se agachó al lado de Blanca.


- Tranquila, ya pasará. Tu sólo tienes que dormir ahora.

- Pero esto no es normal...

- Si que lo es...simplemente...es el precio que debes pagar.

-¿El precio? ¿De que estás hablando, Dray?

- Nena, ¿acaso crees que la vida se crea de la nada?


Blanca no tuvo tiempo de contestar; notó un pinchazo en el brazo, y después, nada. El vacío y la negrura.

La sala, iluminada por fluorescentes, era fría y gris. Hileras e hileras de cuerpos se extendían, cubiertos por sábanas.

El del vagabundo del parque.
El de Tim, el pequeño vecino de la señora Ratchett.
El del padre de Tim.
El de la señora Ratchett.
El de la madre de Blanca.
El de Blanca.

Tubos salían y entraban por debajo de los blancos lienzos. Unos oscuros, los otros claros.

Los tubos claros recorrían un corto camino hasta unirse a un tubo principal, el cual salía de la sala, e iba a parar a otra de aspecto similar.

Allí el líquido claro que lo recorría era recogido con eficacia por figuras anónimas de bata blanca y cara enmascarada.

Después era hidrofilizado y prensado.
Embotellado y etiquetado.
Distribuido.
Vendido por camellos.
Comprado por individuos de mirada vidriosa, ansiosos de tener un poco más de vida...aún a costa de la vida de otros.



Laura

domingo, 9 de diciembre de 2007

Amor propio ( al otro lado del espejo)


Se levantó un día.

No era un mal día, de hecho, estaba segura que no se había levantado con el pie izquierdo. Pero era uno de esos días en los que una siente que el mundo que hay ahí afuera la odia.

Por eso, arrancó su cuerpo de debajo de las mantas, y se arrastró hacia el baño. Metafóricamente hablando, claro.

El baño era el de siempre. La misma luz. Los mismos azulejos.
Todo era igual.

Se miró en el espejo. La mujer le devolvió la mirada.

Era una mirada casi de odio, y sintió, con un escalofrío, que esa mirada decía que no le gustaba. No le gustaba lo que veía. Asustada dió un pequeño paso atrás, riendo nerviosamente. No es nada, se dijo. Se volvió a mirar en el espejo, y nada. Su mirada era la de siempre. El cabello desaliñado, las ojeras perennes, el rostro poco femenino. Nada que no conociese.

Decidida se quitó la ropa, e hizo esas cosas que hacen las mujeres. Se puso de perfil, de frente, observó su cuerpo con atención. Y después plantó cara al espejo. De nuevo aquella mirada de odio. Cansada, eludió la mirada y se acercó para lavarse el rostro. Al bajar la cara hacia el chorro de agua fría, sintió un escalofrío en la nuca.

Levantó la cara, chorreando agua. Se miró de nuevo en el espejo. Su otro yo le devolvió la mirada, desafiante. Ella la odió, y levantó la mano, automáticamente, estrellándola contra el vidrio. Una vez. Otra vez.

Y otra.
Y otra más.

Y con cada golpe, su otro yo, la mujer del espejo, se fragmentaba cada vez más. Y más. Su rostro se manchaba del rojo carmesí de la sangre que fluía por sus venas, y con cada golpe, más sangraba la mujer del espejo.

Golpeó furiosamente, deseando que ella desapareciese. Golpeó el espejo hasta que lo hizo añicos, y cuando este cayó en mil brillantes fragmentos al suelo, la emprendió a golpes contra la mampara del baño, hasta destrozarla. Se mirase donde se mirase, ahí estaba ella, odiándola.

Nunca supo como pasó.

De repente, estaba en el suelo, cubierta y adornada con miles de pedacitos brillantes y rojos, ensangrentados. Cada uno de ellos se clavaba en su cuerpo, y rojos ríos surgían de cada herida. Su mirada, fija en los pedazos más grandes.

Los ojos que en esos pedazos habían le devolvían la mirada.

Satisfacción. En esa mirada solo había satisfacción.

viernes, 19 de octubre de 2007

En la ciudad


Ana paseaba sola por la calle.
Era de noche.
Más de las 3 de la madrugada.

Por la calle no se veía un alma, y toda la claridad era debida a las farolas de gas, que dejaban ir una luz anaranjada sobre las desiertas aceras. Sus pasos suaves resonaban en la estrecha calleja.

No se veía un alma.

Y sin embargo Ana sabía que en la noche es donde acechan los más oscuros monstruos, los que solo pasean en nuestra imaginación. Y de repente empezó a escuchar sonidos, sonidos que no eran normales. Y su paso se aceleró, retumbando con fuerza contra las fachadas de las casas.

Y sin saber porqué su respiración se aceleró. Y casi empezó a correr.

Sus pasos la llevaron a cruzarse con un extraño. Quizás el hombre tan solo paseaba como ella, o quizás salia de su casa en ese momento. Quien sabe. Pero Ana se asustó, y caminó aún más aprisa, mirando por encima de su hombro para ver si aquel extraño la seguía.

Las llaves temblaban en la mano de Ana cuando abrió el portal de su edificio, y con un movimiento rápido entro dentro de la portería. Respiró tranquila por un momento y entró en su casa.

Por fin a salvo.

¿ Seguro?

Los peores monstruos son los que acechan en la oscuridad de nuestra propia noche, no en la oscuridad de la ciudad....

lunes, 15 de octubre de 2007

Rayando el sol


Pensé que me apetecía empezar con esta frase.

¿Que nos hace reconstruirnos?
Tu sabes lo que es. Lo que ayuda y lo que no. El poder alzar la mano hacia el cielo, hacia ese cielo que parece tan lejano, y por un momento, por un ínfimo y pequeño momento, notar que tienes al alcance de tus dedos esas estrellas lejanas.

Por un pequeño momento notas su tacto frío en tus dedos, y en ese pequeño momento notas su infinidad de agudas y cortantes arestas. Pero, ¿que más da? Las has tocado, y ese pequeño momento de dolor no importa.

Porque has tocado esa estrella.
Esa estrella que nunca creias que tocarias...

Y después te das cuenta de que no es así. Que el dolor que sientes es el dolor de la ausencia, el dolor que deja el vacio de la pequeña estrella al escaparse esta de tu mano.

Y pasas a querer más. Quieres más...quieres...tocar el sol. Ya no te basta con una estrella...quieres tener el sol.
Y no recuerdas...
Que en tu intento...
Puedes llegar a quemarte...y destruirte.

Pero que más da.
Porque quieres el sol.

lunes, 24 de septiembre de 2007

El cristal


Día tras día los veo pasar. Caminan rápido, inmersos en sus vidas. Algunos me echan una ojeada superficial; por alguna extraña razón he llamado su interés. Otros, ni siquiera eso. En contadas ocasiones, alguno de ellos se para delante de mi y me examina con atención, como si de verdad le interesara...pero siempre se acaban yendo.

Mis ojos los siguen a menudo, anhelando poder tocarles, sentirles, y decirles lo que necesito...pero no puedo, porque ninguno se acerca lo suficiente.

Por las noches pienso en lo que podría ser si un día alargara la mano.
Y tocara el cristal.
Y lo atravesara.
Y pudiese tocar su rostro, y acariciarlo.

Saldría del cristal y me pondría a su lado, y me abrazaría, y hablaríamos de mil cosas, y me sentiría como si fuera alguien muy especial para esa persona...

Pero no.
Mi mano no se mueve, y no toca el cristal.
Ni lo atraviesa.
Por lo que no puedo tocarlo...ni acariciarlo.

Y día tras día mis ojos les siguen, pensando, intentando adivinar si alguno de ellos se acercará a mi alguna vez, tanto como para que no exista ese cristal.

Pero mientras, los días pasan, y con ellos las estaciones y los años...pasan como las ropas que ponen sobre mi. Pasan por encima mío...como sus miradas.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Retrato de un dolor


Rojo.
Todo empieza en rojo.

Siempre es como una pesadilla recurrente, que me asaeta una y otra vez. Nunca me deja en paz, como regodeandose en el daño que causa.

Todo empieza en rojo.

Al principio es un pequeño nódulo concentrado, latente. Poco a poco su espesa telaraña se extiende, llegando a todos los rincones cercanos, enviando sus rápidas señales. Y así, lo que era pequeño, ahora es una mancha, que amenaza con invadir el cuerpo.

Rojo. Rojo.

Siento como sus puas se me clavan y me hacen palidecer.
Cansada y malhumorada intento hablar con él.

- ¿Por qué?
- Tú sabes por que. Quizás lo merecieras.
- El dolor no se merece. No tienes razón de ser ni de existir.
- Sabes que si...¿ o acaso no te dijeron nunca que soy una maldición, que debes llorar sangre y sufrir dolor por lo que antaño una de vosotras hizo?
- Eso no son más que cuentos...y no tienes derecho a existir.

Alargo la mano, tomando el remedio ansiado. El ruido del agua llenando el vaso me ayuda a concentrarme para evitar el dolor. El gusto en la lengua del medicamento es repulsivo, pero dos rápidos tragos lo hacen desaparecer. Ahora solo toca esperar a que el ansiado olvido llegue.

Sin embargo, se que volverá.
Como siempre, como una pesadilla recurrente.

Rojo.