
Es increíble la cantidad de sensaciones que pueden atravesarte en un minuto, qué digo, en un segundo.
Amor, calor, pasión, miedo, ternura, alegría.
Las recuerdo cuando en la noche dejaba vagar mi mirada por tu rostro dormido, aunque tu no te dabas cuenta. Recuerdo haberlas sentido cuando dejaba vagar lentamente mis dedos por tu espalda, por tu estómago, recorriéndote, memorizando cada detalle para no olvidarlo en tu ausencia.
Luego, mientras pienso en esto, una sensación me recorre de arriba a abajo, y pese a que me encuentro enfrascada en una conversación, mis ojos te buscan lentamente, para encontrarte mirándome con una sonrisa de ternura en el rostro a través de la mesa.
Un guiño cómplice.
Y después me doy cuenta de que no me encuentro en ese lugar, ni en ese momento, y pese a todo, tu esencia está tan presente en todo lo que hago cada día que esa mirada aún me persigue y me consuela.
Y por mi mente pasan los cientos de escenas vividas y las miles de escenas aún por vivir, y aún a riesgo de ser frágil y quebrarme, decido ser como el pétalo de esa rosa roja que me regalaste, y acariciarte con textura de terciopelo, cálida y envolvente, durante cada uno de los minutos y segundos que paso a tu lado.


